Por Ivette Estrada

Hay épocas que se definen por sus silencios y otras por el ruido. La nuestra eligió un sonido amortiguado, pertinaz e indiscutible. El zumbido de las notificaciones, ese parpadeo mínimo que promete relevancia y entrega vacío.

Vivimos en un tiempo donde la identidad se mide en likes y la existencia se negocia con algoritmos. Aquí las industrias fugaces convierten la vida en un destello que se apaga antes de comprenderse.

Estamos ante la industria de lo efímero. La economía contemporánea ya no produce bienes, sólo estímulos. Cada plataforma es una fábrica de microvalidaciones. Está diseñada para capturar la atención y convertirla en mercancía.

El algoritmo no premia la profundidad, sino la reacción. No valora lucidez, sólo la interrupción. Desdeña la verdad y antepone la velocidad.

La vida entonces se fragmenta en piezas mínimas que no construyen sentido, solo lo sustituyen. La fugacidad se vuelve norma. La prisa, virtud y la superficialidad se convierte en hábito.

Y en medio de esto, la identidad dejó de ser una construcción íntima para volverse un producto negociado con pantallas. La pregunta esencial —¿quién soy?— fue reemplazada por una interrogante más pobre: ¿cómo me ven?

Así, la autoestima se terciariza. Se delega a un algoritmo que decide si mereces ser visto, escuchado, e incluso si tienes derecho a existir en la conversación pública. Es una forma de servidumbre voluntaria: entregamos nuestra percepción de valor a una máquina que no sabe nada de nosotros, pero que paradójicamente dicta todo.

Esta es la anatomía de la ilusión del impacto:

Los likes producen una sensación de relevancia que dura la temporalidad de un destello. Son dopamina sin memoria. Aprobación sin vínculo. Presencia sin encuentro.

La gente confunde visibilidad con significado, alcance con profundidad, ruido con influencia. Y así, la vida se llena de estímulos y se vacía de sentido.

Llagamos entonces a la banalidad como destino. Es cuando la validación se vuelve métrica y la existencia se transforma en estrategia.

La gente deja de vivir y sólo se administra.

Optimiza su imagen, calcula su discurso, diseña su espontaneidad.

La banalidad se vuelve destino porque el algoritmo castiga todo lo que no es banal. La complejidad se oculta. La duda se silencia y la reflexión se vuelve un lujo improductivo.

Resistir es recuperar el sentido. Y esa resistencia es íntima. Empieza en lo mínimo: la pausa, la lectura profunda, la conversación sin prisa, el silencio que permite pensar y la mirada que no busca ser fotografiada.

Porque el sentido de vida no se encuentra en la visibilidad, sino en la coherencia.

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